Fernando Marichal

Lic. Fernando Marichal

Comunicador - Desarrollador

Más terror

Como a tantas personas, a mí también me gustan las películas de terror. Por qué, tengo un montón de razones.

Las películas de terror tienen la fabulosa característica de materializar algunas metáforas o ideas que generan miedo. Todo empieza con la metáfora, ese es el puntapié inicial de la cadena del miedo. La película de horror toma esa metáfora y la representa de la manera más tangible y violenta posible. La idea que genera miedo no es solo un elemento material y nada más, sino que tiene un trasfondo metafórico que sale a la luz a través de ese elemento terrorífico.

Voy a dar algunos ejemplos sobre este mecanismo, pero debemos tener presente que no son más que ejemplos, existen muchísimos otros (incluso en las mismas películas) que pueden ir por otra parte, reforzar o incluso contradecir el ejemplo que presento. Lo que ponemos en el plano de la demostración es la estructura, no la concreción en sí.

 

Ejemplo 1, el apocalipsis zombie

28 DAYS LATER, 2002, 20th Century Fox Film

Ese clásico del terror representa 2 puntos clave, por un lado a la muchedumbre desconocida, que lo ve a uno como un alimento más. En otras palabras muestra la despersonalización, tanto de cada individuo de la horda zombie, así como del protagonista. Quiebra el límite entre lo humano y el resto del universo. Se deja de reconocer al otro. Si uno vive en una ciudad medianamente grande, no es descabellado que este pensamiento cruce por su mente de vez en cuando: ¿y qué tal si todos pierden conciencia de que estamos rodeados de personas y empiezan a tratarse como objetos entre ellos? Se verían como pedazos de carne caminando o un potencial asado que apura el paso para llegar a tiempo al trabajo… bueno, en las grandes ciudades pasa algo muy parecido, y quizás gracias a ellos nace este miedo.
Por otra parte representa el miedo (sin duda más abstracto) a ser comido por la sociedad, a ser engullido por el sistema y perder completamente el pequeñísimo fragmento de individualidad que nos regaló el sistema.

 

Ejemplo 2, Candyman

Candyman

En esta película cuando una persona repite 5 veces Candyman frente a un espejo aparece inmediatamente un espectro que lo asesina. Aquí aparece un miedo muy bonito que es el miedo a la palabra, a la construcción (y destrucción) de universos con la palabra. La aparición de este individuo depende exclusivamente de la pronunciación de ciertas palabras en cierto contexto, es como decir “Acepto” cuando uno se está casando, o cuando se pone la firma a un documento de compraventa cualquiera. ¿Será demasiada responsabilidad a la vuelta de una palabra?

 

Ejemplo 3, Insidious

Insidious

En esta película un niño se acuesta a dormir y no despierta. El problema: un ser maligno secuestró su espíritu.
Aquí se puede pensar en un miedo más primitivo que es el de sentirse vulnerable al devenir universal y lo desconocido.
Tiene sentido: nacemos en este mundo e ingresamos a él de una manera forzada y aparatosa, descubrimos que el sol no gira alrededor nuestro sino que es la tierra la que se mueve, que besar es una forma de demostrar afecto, que al final de cuentas, todos morimos. Ese es un mundo lleno de reglas completamente arbitrarias y que en su mayoría desconocemos profundamente, vemos varias aplicaciones de algunas reglas, pero es como ver los síntomas de las enfermedades sin entender cómo funcionan realmente, ni qué las genera. Ese es el mundo, y es parte de ese mundo la representación de todo lo que ocurre, que nos hace sentir perjudicados de alguna manera, esa idea es la esencia del mal y al igual que el resto del universo, tiene sus leyes propias.
El film entonces representa y contextualiza esa materialización de lo inconveniente (por supuesto, inmanejable para nosotros) y lo deja interactuar con la existencia del protagonista. Por supuesto que -y como corona de esa representación universal del mal- esa entidad maligna que tiene quizás miles de años de edad y es casi omnipotente, conoce perfectamente a sus víctimas y tiene algo contra ellas, algo que puesto en perspectiva es tremendamente ridículo. Si le cedemos el paso a la abstracción vemos que en última instancia siempre existe una sobrevaloración de la propia subjetividad que entiende que el centro del universo es ella y luego personaliza cualquier adversidad en una figura maligna, cuyo único motivo existencial es la consecución (o destrucción) de nuestra.

 

En conclusión

El fuerte de la película de terror no es el miedo a la muerte o el temor a un ataque directo de algún tipo de entidad demoníaca (la muerte es solo la conclusión inevitable), el problema se encuentra en el camino que se recorre para llegar a la muerte. La base del film de horror está en la materialización de un concepto que nos pueda perturbar profundamente en un plano metafórico. En otras palabras, que nos atraviese conceptualmente.
Lo resumimos en: dime cuál es tu película de terror favorita y te diré qué idea te desvela por las noches.

La mentira del periodismo comprometido

En el periodismo, así como en el resto de los órdenes de la vida hay distintos tipos de compromiso. Puede haber compromiso comprometido con los anunciantes o con el ecosistema o con los duendes de Marte. Pero hoy me interesa hablar del compromiso que normalmente las personas entienden como social.

Podemos entonces decir que una persona tiene compromiso (o responsabilidad) social cuando intenta ejecutar ciertas acciones para el bien de todos.
Hasta aquí todo va bien, es fácil querer que se salven a las ballenas o que las personas no sean discriminadas por razón alguna. El problema entonces está en el otro extremo, o sea, el grado de compromiso que una persona posee según sus acciones.
Día tras día hay un batallón invisible de personas que se levantan temprano, arman la mochila y se van a ayudar a otros. Se meten en el barrio más pobre, en el cantegril más sucio e intentan que los otros estén lo menos peor posible. Pero también hay más personas que hacen su esfuerzo, como doctores que atienden gratis, o dentistas que ayudan a otros sin recibir nada a cambio. Sin embargo no todas las profesiones son iguales. Mientras que la mayoría colabora fundida en el más oscuro de los anonimatos, los periodistas no pueden hacer eso y la razón es sencilla: la llegada más fácil del periodista a las personas ocurre por quién es y no por lo que hace. En otras palabras, una nota escrita por un famoso periodista será leída por muchísimos individuos (no importando lo buena o mala que sea) mientras que si quien escribe es desconocido probablemente no sea leída por nadie.
El periodista entonces (cuando intenta hacer un trabajo comprometido) debe usar su nombre para que más personas tomen conciencia de los problemas sociales más profundos y difíciles. Todo parece correcto pero inmediatamente aparece un factor que no estaba en el radar, que es: el nombre del periodista -después de su entrega social- ahora también aparece vinculado con ese tipo obras.

Por lo tanto, lo quiera o no, el periodista termina sacando provecho de esa situación.

Y si además de eso cobra por lo que hace cuando encara ese “periodismo responsable” mucho más difícil todavía.
Cuidado, porque está bien que la gente cobre por su trabajo, está en todo su derecho y no lo critico en absoluto, pero es indispensable subrayar que los grados de responsabilidad y de compromiso, en un caso y otro, son tremendamente distintos. El periodista saca doble ventaja cuando su trabajo es “comprometido” y si lo comparamos con, por ejemplo, un doctor o un maestro, completamente anónimos, vemos que las consecuencias de sus trabajos, las cosas que ganan por hacer lo que hacen son muy distintas, casi hasta opuestas.
Empezamos a hablar de algo así como compromiso cuando el periodista intenta generar conciencia y se esfuerza por un futuro mejor, pero ese compromiso juega en una liga diferente que el otro, es un compromiso amateur, un esfuerzo (valioso a su manera también, por supuesto) que de fondo lo beneficia y lo ayuda en su carrera. Y más todavía cuando después de eso se lo premia. Está bien que se premien ese tipo de cosas, pero no nos olvidemos que sigue siendo un compromiso del tipo menos sacrificado. Y menos si cobra un sueldo por eso. Otro sería el cantar si día tras día ese periodista se levanta y se mete en los mismos lugares que los asistentes sociales y colabora en silencio, en esos casos me levanto y aplaudo, pero el otro, el que escribe (o habla por radio) tranquilo, desde la comodidad de su computadora (o micrófono) está haciendo algo noble, sí, pero en el fondo es algo que termina repercutiendo en su propio beneficio profesional.
Por lo tanto: 1) me dan lo mismo los periodistas que cobran un sueldo por hacer sus notas con fines sociales, sigan así, el país los necesita. 2) respeto a los periodistas que intentan hacer un bien social sin recibir ninguna remuneración a cambio. 3) siento admiración por aquellas personas que realmente no ganan nada, solo hacen en silencio y a la oscuridad, un sinfín de obras benéficas para que la sociedad esté un poquito mejor.